Investigo
Toda gran historia comienza con una pregunta.

Detrás de cada novela hay meses, y a veces años, de búsqueda. Me apasiona la Historia, pero todavía me fascina más descubrir esos pequeños detalles que suelen quedar olvidados entre las páginas de los libros o escondidos en el silencio de un archivo.
Cada historia comienza con una pregunta. A partir de ahí llegan los mapas desplegados sobre la mesa, los documentos antiguos, las crónicas medievales, los tratados de arqueología, las biografías, las fotografías, los diarios de viaje y las largas horas comparando fuentes para separar la leyenda de la realidad.
No escribo para demostrar cuánto sé, sino para comprender mejor el mundo que intento recrear. Necesito conocer cómo pensaban las personas de otra época, qué comían, qué temían, qué creían y cómo era el lugar donde caminaban. Solo entonces los personajes dejan de ser ficción para convertirse en personas.
Por eso, siempre que puedo, viajo hasta los escenarios de mis novelas. Recorro castillos, monasterios, catedrales, museos, bibliotecas y yacimientos arqueológicos. Observo la luz, el sonido de las calles, la textura de las piedras y el paisaje que rodea cada rincón. Ningún libro puede sustituir la emoción de estar allí.
Investigar es, probablemente, la parte más lenta del proceso creativo. También es la más apasionante. Porque cada documento encontrado, cada inscripción descifrada y cada conversación con un historiador o un arqueólogo pueden convertirse en la pieza que faltaba para completar el puzle.
Al fin y al cabo, toda gran novela histórica nace del mismo lugar: de la curiosidad insaciable por comprender el pasado para contar una buena historia.
