Quién soy
Toda historia tiene un origen. Esta es la mía.

Cada verano volvía a Empúries. Sin saberlo, allí comenzó el viaje que me llevaría a escribir novelas históricas.
No recuerdo el momento en que decidí escribir novelas. Creo que, en realidad, todo empezó mucho antes de saber que algún día lo haría.
Crecí en Campdevànol, un pequeño pueblo de los Prepirineos catalanes donde las montañas parecen guardar secretos desde hace siglos. Allí escuché por primera vez las leyendas del Comte Arnau, historias que despertaban más preguntas que respuestas y que alimentaban la imaginación de un niño convencido de que el mundo todavía escondía misterios por descubrir.
Cada vez que podía me escapaba hasta las ruinas de Sant Llorenç. Aquellas piedras derruidas no eran solo una iglesia abandonada. Eran un castillo olvidado, un templo templario o la entrada a una cámara secreta. Caminaba entre sus muros con la certeza de que, tarde o temprano, encontraría un antiguo tesoro oculto bajo la tierra.
En casa, la aventura continuaba entre libros. Devoraba cuanto caía en mis manos. Julio Verne, Walter Scott y Agatha Christie fueron algunos de mis primeros compañeros de viaje, mucho antes de que tuviera edad para comprender por completo sus historias. Pero hubo un libro que marcó especialmente mi infancia: Grandes Imperios. Sus páginas me hicieron descubrir civilizaciones desaparecidas, conquistas, reyes, templos y culturas que parecían infinitamente más fascinantes que cualquier ficción.
A esa pasión se sumó una serie de animación japonesa que todavía recuerdo con cariño: La leyenda del Cóndor Dorado. Mientras otros soñaban con convertirse en astronautas o futbolistas, yo imaginaba expediciones en busca de El Dorado, ciudades perdidas y mapas capaces de conducir hasta un secreto olvidado durante siglos.
Los veranos transcurrían en L'Escala, muy cerca de Empúries. Allí el juego dejó paso a la Historia real. Pasear entre las ruinas griegas y romanas, contemplar los mosaicos, las columnas y las calles que habían recorrido sus antiguos habitantes despertó en mí una fascinación que nunca me abandonaría. Comprendí que la arqueología no pertenecía únicamente a las novelas de aventuras. Existía de verdad. Bastaba con observar las piedras adecuadas para escuchar las historias que aún conservaban.
La Historia me llevó inevitablemente hasta el Renacimiento. Entre todos sus personajes hubo uno que me fascinó por encima de cualquier otro: Leonardo da Vinci. No solo por lo que creó, sino por la forma en que entendía el conocimiento. Pintor, ingeniero, anatomista, escultor, inventor, arquitecto, músico, filósofo... Era la demostración de que la curiosidad no debía conocer fronteras.
Durante mucho tiempo pensé que una sola vida era demasiado corta para todo lo que quería aprender. Quería escribir, pintar, esculpir, estudiar Historia, viajar, dibujar, comprender el mundo. Todavía hoy sigo pensando que necesitaría diez vidas para llegar a ser todo aquello que me gustaría.
Al final, después de muchas vueltas, elegí el camino del magisterio. No porque renunciara a esa curiosidad, sino porque descubrí que enseñar era otra forma de seguir aprendiendo. Desde entonces he tenido el privilegio de ejercer como maestro durante más de veinticinco años, acompañando a cientos de alumnos en ese maravilloso viaje que supone descubrir el conocimiento.
La vida también me llevó lejos de las montañas donde crecí. Dejé Campdevànol para descubrir Barcelona. Fue allí donde el destino decidió escribir uno de esos giros inesperados que tanto me gusta incluir en mis novelas.
Aunque ambos éramos docentes, Cristina y yo nos conocimos trabajando en un lugar bastante poco habitual: una numismática y casa de subastas. Mi pasión por las monedas antiguas me había llevado hasta allí. Nunca imaginé que, entre piezas romanas, monedas medievales y pequeños fragmentos de Historia, encontraría a la persona con la que compartiría mi vida.
Con el tiempo llegaron nuestros dos hijos, Marc y Biel. Y cuando sentimos la necesidad de ofrecerles un lugar donde crecer con la tranquilidad que nosotros mismos habíamos disfrutado de pequeños, nos trasladamos a La Garriga, donde vivimos actualmente.
Hoy continúo dedicando mi vida a la enseñanza, mientras las noches y los fines de semana pertenecen a la escritura. De vez en cuando también vuelvo a coger los pinceles o el barro para modelar alguna escultura. Al fin y al cabo, aquel niño que soñaba con parecerse un poco a Leonardo da Vinci nunca ha desaparecido del todo.
Quizá, después de leer estas líneas, encuentres cierto parecido entre mi historia y la de Marc Montbard, protagonista de La herencia de las cenizas. No es casualidad. Marc comparte muchas de mis inquietudes, mi fascinación por la Historia y esa necesidad casi irresistible de seguir una pista, abrir una puerta olvidada o formular una pregunta que nadie se ha atrevido a hacer.
Porque todos los escritores acabamos dejando una parte de nosotros en nuestros personajes.
Y en cuanto al futuro, solo tengo una certeza: todavía quedan muchas historias por contar. Quiero seguir viajando, investigando, recorriendo monasterios, castillos, archivos y yacimientos arqueológicos en busca de esas pequeñas grietas donde la Historia se mezcla con la leyenda. Cada novela será una nueva expedición, un nuevo misterio y un nuevo desafío.
Mientras conserve la curiosidad de aquel niño que buscaba tesoros entre las ruinas de Sant Llorenç, seguiré escribiendo. Porque creo que los mejores secretos aún esperan bajo el polvo del tiempo, y mi intención es continuar buscándolos... página a página.
