
Viajo
Cada viaje es un capítulo antes de la novela.
De pequeño no tuve la oportunidad de recorrer el mundo. Mi universo se reducía a Campdevànol, un pequeño pueblo de los Prepirineos donde crecí, y a los veranos compartidos entre L'Escala y Sant Antoni de Calonge. Más allá de aquellos lugares, el mundo me parecía inmenso, casi inalcanzable. Apenas alguna excursión familiar al sur de Francia rompía la rutina. Cruzar una frontera ya era una aventura.
Recuerdo que el viaje de fin de curso a París fue, para aquel adolescente, una auténtica expedición. Descubrí que el mundo era mucho más grande de lo que había imaginado entre los libros de la biblioteca de casa.
Años después conocí a Cristina. Compartíamos la misma curiosidad por descubrir otras culturas, otras formas de entender la vida y, sobre todo, aquellos lugares donde la Historia seguía respirando entre las piedras. Sin proponérnoslo, empezamos a viajar cada vez más lejos.
Primero llegó Italia. Después México. Tailandia. Camboya. Indonesia. India. China. Egipto. Japón. Perú… y muchos otros países que jamás habría imaginado conocer cuando era aquel niño que soñaba con ciudades perdidas y tesoros escondidos.




























































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Hoy, cuando echo la vista atrás, me cuesta creer todo el camino recorrido. Cada viaje me ha transformado. Me ha enseñado que la Historia no vive únicamente en los libros, sino también en las calles, en los templos, en las montañas, en los mercados y en las personas. Me siento profundamente afortunado. Y, sobre todo, inmensamente feliz de haber podido convertir aquella curiosidad infantil en una forma de entender la vida.
Viajo porque necesito caminar por los lugares donde ocurrieron las historias. Porque ningún libro puede sustituir el silencio de un monasterio abandonado, el olor de una biblioteca centenaria o la emoción de contemplar unas ruinas al atardecer.
Cada destino es una investigación. Recorro castillos, catedrales, ciudades olvidadas, museos y yacimientos arqueológicos buscando pequeños detalles capaces de convertir una novela en algo auténtico. A veces encuentro respuestas. Otras regreso con nuevas preguntas, y casi siempre son esas preguntas las que terminan dando vida a mis personajes.
No viajo para coleccionar fotografías.
Viajo para regresar con historias.
Porque, al final, cada novela comienza mucho antes de escribir la primera palabra.